12 abril 2006

Tras la resaca del evangelio de Judas

Han pasado ya unos días desde que, con gran despliegue mediático, National Geographic hizo público su “gran descubrimiento”: el hallazgo del llamado “evangelio prohibido de Judas”, del que resultaría la plena rehabilitación del discípulo traidor, convertido ahora en mero ejecutor de las órdenes recibidas del propio Jesús. La noticia ha dado la vuelta al mundo y ha merecido un comentario editorial de un importante periódico español, claro respresentante del nuevo pensamiento laicista. Es el momento de hacer algunas reflexiones.

El “gran descubrimiento” anunciado al mundo consiste, en realidad, en la presentación oficial de un papiro en forma de códice de unas 66 páginas, en muy mal estado, escrito en copto, y datado en los inicios del siglo IV, que, junto con otros escritos que ya conocidos, contiene un texto que se denomina a sí mismo como el “evangelio de Judas”. Este manuscrito, según parece, fue descubierto en 1978 por unos campesinos egipcios en la localidad de El Minya, y fue sacado de Egipto de forma ilegal. Se tenía ya referencias de su existencia desde 1983, cuando fue ofrecida su compra a la Southern Methodist University y pudo ser brevemente examinado, junto con otros manuscritos, por el experto Stephen Emmel. El anticuario que intentó venderlo pedía una cifra excesiva (tres millones de dólares por el lote en el que iba incluido) y tuvo finalmente que desistir. El texto estuvo depositado desde 1984 en un banco de Nueva York. En 2002 fue adquirido por la Maecenas Foundation for Ancient Art, radicada en Basilea, una fundación privada dirigida por el abogado Mario Roberti. Esta fundación contactó con National Geographic Society para que restaurase, datase y tradujese el manuscrito.

A raíz del descubrimiento y publicación de este papiro, se ha extendido la idea de que existe en la Iglesia católica una gran inquietud y preocupación, pues dicho documento echaría por tierra todo lo que hasta ahora se ha dicho sobre Jesús. Ello es totalmente falso. El llamado "evangelio de Judas" no implica cambio alguno, puesto que la doctrina contenida en él no supone ninguna novedad, ni tal documento aporta nada en la investigación del Jesús histórico. En realidad, el texto sólo nos ofrece información sobre la interpretación que de la figura de Judas llevaba a cabo determinada secta herética, confirmando lo que ya sabíamos desde el año 180 gracias a Ireneo.

San Ireneo de Lyon, en su obra "Contra los herejes", escrito alrededor del año 180, se refiere a la secta de los cainitas señalando que "dicen que Judas el traidor fue el único que conoció todas estas cosas exactamente, porque sólo él entre todos conoció la verdad para llevar a cabo el misterio de la traición, por la cual quedaron destruidos todos los seres terrenos y celestiales", a lo que San Ireneo añade : "para ello muestran un libro de su invención, que llaman el Evangelio de Judas". En definitiva, el manuscrito ahora hecho público no sería sino una versión en copto escrita en el siglo IV de ese llamado "evangelio de Judas" inventado por la secta de los cainitas al que se refirió Ireneo en el año 180.

La secta de los cainitas era un grupo gnóstico. Los gnósticos constituían una corriente de pensamiento que asumía elementos del judaísmo, del cristianismo, de la religión de Irán y de la filosofía griega. Para ellos, el alma era una chispa de la divinidad, mientras que todo lo material era considerado malo, proveniente de otro creador, que también era malo. La perfección consistía en liberarse del cuerpo humano, para que el alma pudiera volver a fundirse en la divinidad. De ahí todo el desprecio a lo material y a lo humano en particular. Dentro de esta corriente de pensamiento es lógico que Judas aparezca como un héroe, porque es la persona que ayuda a Jesús a liberarse de su humanidad. Los gnósticos estuvieron en polémica con los Padres de la Iglesia, y para justificar sus doctrinas crearon una serie de evangelios atribuidos a personajes importantes que hubieran estado en contacto con Jesús y que hubieran recibido enseñanzas y revelaciones que los otros no tenían, y que por lo tanto no aparecían en los cuatro evangelios que la Iglesia tenía desde comienzos del siglo II.

En definitiva, y pese a toda la propaganda mediática, el texto ahora hecho público no tiene interés alguno como documento que nos ofrezca información sobre el Jesús histórico. En realidad, el texto sólo nos ofrece información sobre la interpretación que de la figura de Judas tenía una secta del siglo II, confirmando lo que ya sabíamos a través de Ireneo.

No deja de sorprender, sin embargo, cómo esta noticia ha sido jadeada por todos aquellos que se recrean en atacar las creencias cristianas, que la han amplificado, presentándola como el hallazgo de un texto definitivo que demostraría que Judas no era un traidor y que se limitó a cumplir órdenes, y que todas las enseñanzas de la Iglesia están equivocadas.

Y es que, en realidad, esa desesperada reivindicación de la figura del discípulo traidor no es sino un signo propio de nuestros tiempos, de esta sociedad nuestra que sabe que ha traidicionado a Dios y que, convirtiendo a Judas en un héroe, parece sentirse menos culpable.